
El otro día me preguntaron si podía estar sola. La pregunta fue mal planteada¸ porque de poder, puedo… el punto es, si quiero estar sola. En fin, vicisitudes semánticas siempre han estado demás y no le echan más condimento a la olla.
Lo trascendental comenzó a fluir cuando empecé a reflexionar qué tan rico me puede entregar el amor, que me hace desearlo con tesón los días en los que sólo toca mi boca un cigarro. Y mientras mis ojos zigzagueaban con la torrecita de cenizas, recordé que el amor es la increíble transformación de nuestra ordinaria existencia en una flor de loto.
Como si nada, sin avisar y sin pedirnos permiso, nos convertimos en únicas e irrepetibles para alguien. Se nos incrusta en la sien la idea de que nacimos con el objeto de algún día, mientras nos deslizamos por las aceras, cruzarnos con esos ojos que nos soñaron con fervor. Como los budistas, que entre los peregrinajes se dedican a encontrar flores de loto y tréboles de cuatro hojas. Y el instante de encuentro se transforma en la única vez, en la única posibilidad, en la terrible sensación de que nunca más se podrá poseer algo semejante. Somos un derecho de propiedad, pero de esos buenos, de esos que no necesitan obligatoriedad ni empujones. Él, buscó toda la vida encontrarte, y tú, buscaste toda la vida ser encontrada. (¿O al revés?).
Esta sensación de unicidad, de infinitud, de exquisito regocijo y horrible temor de pérdida, te convierte en una flor de loto. Y de pronto él también es único, a él los colores le lucen mejor que a todas las figuras humanas. En sus ojos está el sol, y en sus pestañeos el día y las noches. (Muy bello, tuve que escribirlo pues una vez me lo dijiste, ¡romántico!). En fin. Lo rico y jugoso del amor es transformarte en eso, en una gema carísima, en un cheque en blanco, en la Caja de Pandora, en una sopaipilla con mostaza ( me gustan mucho). Una sopaipilla con mostaza en un invierno frío y de hambre, frita con el aceite a punto y ligeramente delgada, crujiente, husmeante… Una sopaipilla irrepetible (dígamos que no podríamos hacer que nuevamente el aceite la cosa tan rico, ni de pronto provocar lluvias y fatigas).
Eso es lo que extraño del amor. Y lo que quizás me hace falta cada vez que no tengo a alguien. Pero, tranquilos, no estoy desesperada. Es que ya se está pasando el invierno, y hay que esperar. La mostaza siempre tiende a ser más amarga cuando se le prueba muy seguido.
Tiene que llegar la maldita primavera :)
ResponderEliminarme gustó, y tienes razón con eso d transformarse en únicas/os e irrepetibles.