miércoles, 30 de septiembre de 2009

¿Debate?



Mientras trituraba una manzana verde con mis dientes y achinaba mis ojos de acidez; me pareció entretenido reflexionar de mis tendencias cítricas: recocer mi garganta con limones, mostazas y vinagres. Y en tanto un oasis de saliva desembocaba entre mis mandíbulas, me interrumpió la voz de un experto en Marketing y Política que opinaba del Debate Presidencial.

Sus palabras me retorcieron más el hígado que una mata de ácidos. Comenzó a cuchichear de la corbata de Piñera, de lo "fome y opaco que estuvo Frei", y que Enríquez-Ominami se vio más juvenil que todos.

Y entre estos bagajes intrascendentes, me vomitó la pregunta: ¿Y van a hablar alguna wea' importante del debate? Espontáneamente las respuestas emergieron:

En primer lugar, no hubo debate. (No me vengan con que sí, por favor). Un profesor de argumentación podría haber escrito una Biblia de Falacias luego del Show, y un poeta podría haber reunido en antología la sarta de clichés que se dijeron. Porque eso fue el Debate: Un discurseo de frases célebres, una discusión de personalismos, y en momentos un Show. No hubo discusión de temas ni confrontaciones argumentativas. ( Y un montón de políticos estará repitiendo: El pecado lo cometió el tiempo y el formato, de ellos es toda la culpa).

En segundo lugar, nunca hubo ni podrá haber debate. La ordinariez cultural flota en el aire como moho en la pared, y a la gente poco le importa bañarse.
A ver: ¿Qué importa discutir cifras del PIB, si ni siquiera se sabe qué es? Más fácil es, por supuesto, decir que la pobreza se acabará, y punto. Y el olorcito a mentira se va posando en los bigotes de los políticos. El formato no da para discusiones, sino que puede dejar un halo de temple psicológico.
Más fácil y atractivo es fijarse en cuanto se parece Piñera a Kramer, en cuantas muletillas posee Marco, y en cuantos pliegues tiene el rostro de Frei. La votación no se reduce a personas y proyectos, sino que a insignificantes signos: ( ¡Qué adorable, Piñera salió en 1910!).

Conciencia de esta pobreza, la tenemos, la pregunta es por qué pedimos caviar en la cena si es que le hemos puesto sólo huesos a la olla. Chile es flaite, asumamos ello de una vez. Si nos pusiéramos a razonar con dureza por quién votar, lo más sensato sería votar con honestidad y sin tincadas por el Sr. Pene. Por eso vale más no pensar mucho, mal que mal poquitas diferencias tiene la Derecha de Piñera con la que hoy protagonizamos con Bachelet. Y cuando los grandes temas tienen pequeñas diferencias, todo se centra en la persona.

El problema es que pocas veces nos damos el trabajo de comentar ideas y no superficialidades. Pocos se preguntan hasta qué punto la fortuna afecta al liderazgo, hasta qué punto un indulto es trascendente o una corbata afecta un buen Gobierno.

Muy fácil es para los intelectuales criticarlos, aún cuando saben que la ordinariez de los debates se deben a todos. Y a ellos incluidos.
Cerebros mezquinos: compartan la materia gris con el pueblo y hagan algo. Terminaremos, con o sin gusto, hablando todos de corbatas y tonitos de voz. Cuando en realidad, todos sabemos que la Política está más acostumbrada a los desnudos y a los silencios.


viernes, 25 de septiembre de 2009

Taldo al anochecer


Llegan esos días en las que el mundo es un absurdo. En mi caso, porque es un sentir de muerte. Al fin y al cabo, moriré. Y no hay nada más. No recordaré nada más. Para qué todos esos para qué’s. Y allí, caigo en ese ocaso aún más absurdo que engañarse con el sentido.

Buscar afanosamente a un ídolo: a un filósofo tan elocuente y lúcido; capaz de conocerse a sí mismo. El hombre más sabio de todos, vamos, díganme quién es. Que me responda todas estas sandeces que me cruzan el estómago, y que evito vomitarlas entre la multitud. Cada vez que encuentro a esa figura: se mancha, vuelve a parecer tan humano. Los grandes hombres, más animales que yo. Somos esclavos de nuestro cuerpo, de nuestra biología, de nuestro tiempo y nuestra cultura. Y qué nos queda: el absurdo. Muchos kilómetros al Oeste, en este mismo instante, un africano se mutila. Un gringo se suicida. Un filósofo descubre un nuevo juego de palabras. Una suiza tiene un orgasmo. Y yo, que wea hago, escribo. Por la mierda: ¡Por qué si no elegí vivir no quiero suicidarme!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Qué rabia.


Qué decepción fue encontrarte de nuevo. Preferiría no haberte visto, que no me hubieses saludado; después de todo no sueles gastar el tiempo con personas como yo: siempre fuiste un lobbysta por dentro, y añoraste que llegara el día en el que toda la sarta de rotos se despojaran de tu espalda. Ahora eres tú quien le sobas las espaldas a una larga faena de contactos políticos y camaradas gremialistas, y como los parásitos, no vives sin comer un poquito de su suculenta existencia.

Yo sé que naciste cínico, y créeme que es un talento aplaudido en estos tiempos. Me sonreíste con esa hilera de dientes que el resentimiento te fabricó; y con esas comisuras te la pasabas engañándote: no soportabas ser un roteque.

Te dignaste a preguntarme cómo me iba, aunque ya sé que nada te importa. Y no es que sea una imprudente, pero mijito, aún cuando gastes millones en perfumería, se le siente el olor a caldo Maggie al abrazarme; y detrás de toda esa burocracia aún te bailan los pies con la cumbia y quisieras transformar Martini en chichita.

Cómo te ha cambiado el mundo, cabrito, que ahora el verde de los billetes te parece más atractivo que el de los campos. Cómo y cuándo te convertiste en la bandera de los levantados de raja, y blanqueaste el pasado como quien barre la basura de su casa y espera que alguien la recoja.

Te entró o descubriste la bulimia del poder, y todos los días vomitas pobreza… (cómo cae en el retrete lo que eras).

Supiste siempre que terminarías pisoteando gente, pero dime, ¿Cuándo es que intercambiaste tu corazón por venganza? No estoy exagerando ni caricaturizándote. Realmente lo veía venir. Odiaste al cuico porque en promedio es más alto, más bello, más educado y listo. Y ahora, no sé si fuiste tú o el destino quién te sembró una papa en la garganta y le lustras los zapatos a quienes tanto crucificaste. Quién soy yo para criticarte, si apenas me leen 3 o 4 personas. Eso, en una calculadora, o en un porcentaje, se parece al 0.

Te admire tanto porque pensé que aún no te resignabas a vivir en este mundo real: lleno de leviatanes, mentiras, cinismos y miedos.

Pensé que con tu brillante cerebro terminarías siendo un gran líder. Y de eso queda harto poco, pueh compadrito, ute nunca podría mandar a su jefe. Pero vamos, no es tan terrible. No eres el único ex socialista, ex marxista, ex idealista, ex anti-pinochetista, ex revolucionario.

Yo sabía que el brillito de tus ojos, cuando decías que querías cambiar el mundo sería abatido. La desgracia fue encontrarte hecho todo lo contrario: sin pelo, con más guata, con una cabeza de economista, y camuflado con el gris de un terno.

Anyway, te doy las gracias por el abrazo, mal que mal fue gratis, y esa palabra no está en tu vocabulario. Y, si es que nos encontramos de nuevo, espero que me evites, no vaya a ser que a mí se me pegue todo ese resentimiento, y usted se vaya a las reuniones pasado a sopaipilla.

jueves, 17 de septiembre de 2009

De la sopaipilla y el Loto.


El otro día me preguntaron si podía estar sola. La pregunta fue mal planteada¸ porque de poder, puedo… el punto es, si quiero estar sola. En fin, vicisitudes semánticas siempre han estado demás y no le echan más condimento a la olla.

Lo trascendental comenzó a fluir cuando empecé a reflexionar qué tan rico me puede entregar el amor, que me hace desearlo con tesón los días en los que sólo toca mi boca un cigarro. Y mientras mis ojos zigzagueaban con la torrecita de cenizas, recordé que el amor es la increíble transformación de nuestra ordinaria existencia en una flor de loto.

Como si nada, sin avisar y sin pedirnos permiso, nos convertimos en únicas e irrepetibles para alguien. Se nos incrusta en la sien la idea de que nacimos con el objeto de algún día, mientras nos deslizamos por las aceras, cruzarnos con esos ojos que nos soñaron con fervor. Como los budistas, que entre los peregrinajes se dedican a encontrar flores de loto y tréboles de cuatro hojas. Y el instante de encuentro se transforma en la única vez, en la única posibilidad, en la terrible sensación de que nunca más se podrá poseer algo semejante. Somos un derecho de propiedad, pero de esos buenos, de esos que no necesitan obligatoriedad ni empujones. Él, buscó toda la vida encontrarte, y tú, buscaste toda la vida ser encontrada. (¿O al revés?).

Esta sensación de unicidad, de infinitud, de exquisito regocijo y horrible temor de pérdida, te convierte en una flor de loto. Y de pronto él también es único, a él los colores le lucen mejor que a todas las figuras humanas. En sus ojos está el sol, y en sus pestañeos el día y las noches. (Muy bello, tuve que escribirlo pues una vez me lo dijiste, ¡romántico!). En fin. Lo rico y jugoso del amor es transformarte en eso, en una gema carísima, en un cheque en blanco, en la Caja de Pandora, en una sopaipilla con mostaza ( me gustan mucho). Una sopaipilla con mostaza en un invierno frío y de hambre, frita con el aceite a punto y ligeramente delgada, crujiente, husmeante… Una sopaipilla irrepetible (dígamos que no podríamos hacer que nuevamente el aceite la cosa tan rico, ni de pronto provocar lluvias y fatigas).

Eso es lo que extraño del amor. Y lo que quizás me hace falta cada vez que no tengo a alguien. Pero, tranquilos, no estoy desesperada. Es que ya se está pasando el invierno, y hay que esperar. La mostaza siempre tiende a ser más amarga cuando se le prueba muy seguido.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Ni siquiera merece título.


Qué odioso es esto de matar el tiempo. O dejar, que él mismo se vaya menguando, a la espera de que algo pase, no se qué, pero por favor, hágalo. Venga anécdota querida, te estaba esperando, por mucho viví sólo pensándote. Esta vaga sensación, por unos pocos segundos, de sentirme un vil Schopenhauer siglos atrás, queriendo revelar nuestro más ínfimo secreto: el hombre es un maldito animal que sólo se busca pasar bien el tiempo antes de la muerte. Satisfechas todas sus necesidades, ahora queda, sólo… esperar. Y ocuparse, por mientras. Tejiendo, inventándole problemas al mundo. Sea lo que sea, proceden del mismo hilo pútrido que es el ocio.
Y con este escrito, que tuvo la sola intención de ahorcar este tiempo, me voy. No ha pasado nada, pero sé que entre las fauces de la posibilidades, me tocará.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El Leguleyo



El leguleyo. Que se arremanga la seda de sus camisas y luce un Rolex vanidoso. Que simula ver la hora, cuando en realidad sólo desea lucir sus diamantes. Y mientras le envidian su testosterona y las yeguas le chirrean con demencia, la autoestima se le eleva hasta las nubes y es desde allí de donde les habla a los demás, cómo si debajo del hombro estuvieran.

El leguleyo. Tan feliz como un mendigo que se siente pobre. Todo le hace falta, aunque ya no le quepan más números en su chequera, más apellidos en su agenda, más cartones, sábanas e infidelidades en su conciencia. Sabe que derrite con su holgura y estandarte, y mientras articula mentiras que no cree, comienza a fantasear con el circo que lo mira como cuando él fue uno de los que admiró a los sofistas.

El leguleyo. Se le confunden las apariencias y hace tiempo que no es él. Se la pasa mintiendo, y ahora se le han mezclado las certezas. Descubrió que la vida era un sinsentido, y se la pasa convenciendo a los demás de lo contrario. Ama a las mujeres: a todas por igual sin distinciones ni decencia. Les sonríe y les revuelca las faldas entre las noches; les sacia la sed y las vuelve a dejar sedientas. Sabe que la vida es un incentivo, y se las arregla por acicalarse la figura y perfeccionar su retórica. Estudió muchos años de la ética, y sin embargo vive ocultando inmoralidades. La vida le parece corta, intensa, desastrosamente complicada. No le queda tiempo para darse cuenta que todo es muy simple. No le queda tiempo para mirarse y descubrirse; volver a embarcar el rumbo. No le da tiempo para reflexionar sus contradicciones; excepto cuando se acuesta y reposa su cabeza en la almohada. Por razones prácticas y de salud mental, decidió tomar una pastilla de dormir todos los días.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Sonrisa es sin duda, un olvido



Dígame ,
para qué conocer y agrandar el mundo.
para qué saber si existe la justicia
la verdad
el bien
la política
la belleza,
la metafísica,
las causas
y los efectos.

Para qué entender el cosmos
presumiendo que es un libro impreso
y no una hoja rasa
que de a poco se escribe a puñales
Dígame, se lo ruego
para qué conocer y agrandar el mundo.


para qué se inventaron los porqués
y las sinrespuestas.
para qué deletrear absurdos,
desvalijar antigüedades.

Para qué recorrer siglos de angustias
y poemas
para qué conocer y agrandar el mundo
hacerlo un remolino a sus anchas
Dígame, aunque sea su última mentira
para qué conocer
y agrandar el mundo.


para qué controlar hasta el impulso

y saber sin reparos...
De qué sirve
si no entiendes
que bastará con mirarte

y la sola
sencillez de reírnos juntos
me hará olvidar
que alguna vez
el mundo fue más
que sonrisa.