domingo, 14 de junio de 2009

Si Freud me escuchara...




Recuerdo que cuando era pequeña, solía pasar tardes enteras junto a Mampato. Y antes de que comenzaran a carcomerme las hormonas, mi corazón bombeaba con manía por el blondo galante. El sol es testigo de que lo seguí religiosamente por entre los Cherokees, los rapa- nui, los años de la Fiebre del Oro, en el Tíbet; junto – con- y sin Rena, con Agú, en fin, podría articular más de 10 años de Revista.

Hoy me doy cuenta que tengo una inexorable debilidad freudiana por los hombres que se parecen a él, y que se arraigan al deseo de hacer lo correcto, de escatimar su integridad por los ideales. Así mismo, la primera vez que leí a Kant, quién ya se hizo mi vicario, lo imaginé como Mampato: o al menos esquematicé la figura de él con la peluca siútica y nieva del siglo XVIII, y la parafernalia refinada de corte que luce el filósofo.
Con la pseudo- madurez me di cuenta que Mampato no era un pelirrojo acinturado, sino que era una actitud. (Créanme que en éste punto de la nota hace falta un psicoanalista, pero haré lo posible para sublimar éste deseo interno en algo saludable).

La actitud de Mampato fue, inconscientemente, un estilo de vida que propugné seguir con fervor. Y cualquier persona que tenga los cojones para admitir que intentó ser como una caricatura, debería auto- analizarse mil veces y dejar de hacerlo: pero en mi caso no es así.
La vida me ha dado el visto bueno, y lo que comenzó como un modelo patéticamente caricaturesco, terminó siendo una convicción de vida avalada por la experiencia y también por la razón.

No deseo dejar de seguir a Mampato, porque ya le encontré otro sentido que no se conforma al simple ejemplo. La nobleza, la honestidad, la convicción, el sentido de ayuda por los demás, la empatía y gran madurez que llevaba a cuestas Mampato por entre todos los lugares y tiempos del Espacio, son valores que día a día no abaten por entre los errantes, sino que da lugar a grandes hombres. Y seguramente hubieron grandes Mampatos en la historia, que no me avergüenzo de admirar y analizar sus modelos.

Llámenle mala suerte o destino errático, he llegado a darme cuenta que el anti- valor ronda mi conciencia con más holgura que el Modelo Mampatiano, y que me resulta muy difícil seguir el camino de Kant y sus imperativos categóricos, o de Mampato y su elevada Moral. Aquí sí que te hallo razón Freud: El Super yo ha tumbado las toallas, y mí Ello se arranca cuando el Gato no está presente. Por supuesto, no olvido que tanto Mampato como Kant, han sido figuras absolutamente manoseadas por los pinceles de otros, al punto que han idealizado la figura de grandes hombres reales, y grandes hombres ficticios.

A los 12 años se comprende que la vida no es de monos, y a los 18 se entiende que tampoco es de súper-hombres. Mientras más nos acercamos a los grandes hombres, más hombres se vuelven, y así dicen que se va tornando la vida, cada día menos mítica, menos idealista. Lo último no sé a qué edad sucede. Sólo espero que no llegue luego.

2 comentarios:

  1. Hola Daniel... oye debo confesar que NUNCA lei a Mampato.. creo que a diferencia tuya nunca le encontré el atractivo. ¿Qué diría Freud sobre eso? Lo curioso es que igual me gustan los colorines.. jajaja

    Mientras más nos acercamos a los grandes hombres, más hombres se vuelven

    al final, al final.. pareciera que la vida si es de monos.. de simples primates!

    Me retiro mujer, espero leer más de ti.
    Pili

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  2. wuahjahjahjjha... Pilucha mejor ni te digo porque a mi igual me atraen los colorines wuahjahhja... espeor que no sea por Mampato :S Sería ultimo, si, la vida es de monos, al menos la de los hombres wuajjajka

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