lunes, 29 de junio de 2009

Echarme de más, Bonito.


Siempre luciste tu espalda arqueada, a pesar de que te prolongabas al metro ochenta. De arriba solías sonreírme, y ahora es tu recuerdo quién lo hace a menudo, aún cuando mi memoria ha relegado cómo es que era la anatomía de tus dientes. Algún canino se me viene a la psique, más de eso no me pidas, sabes que tengo mala memoria.

Y de memoria esde lo que te estás haciendo ahora bonito_ como solíamos decirnos_, pues ya no yergue frente a mí tú garbo de príncipe ni tampoco puedo reír con tu tono vocal de latifundio: se me ha ido el recuerdo de tus raquíticas amigas, colindándote, chillándote agudo.

Nunca escribí de ti porque supongo que me inundaba la vergüenza, pero hoy lo hago porque te extraño mucho, aún cuando haya pasado más corriente por nuestro río que antes. No sé si por tu cauce han braceado más peces, pero te cuento que por el mío sí. Y a un mes de despojarme de tus labios, ya me han roto el corazón de nuevo.

¡Cuándo aprenderás Daniela!_ solías decirme, cuando aún éramos amigos_. Te extraño Bonito. No sé si habrá alguien que me ame tanto como tú lo hiciste, y tampoco sé si es que existes hoy. Pudieron haberte llevado las mismas cotorras que te hacían guardia, y ahora que no convives con mi rotería, se te acentuará más la “thr” en vez de la “tr”. Pero no te escribo para criticar tu socialité. No. Al fin y al cabo, no es más que lenguaje, todos nacimos del mismo puñado de serrín y ahora nos revoloteamos en el viento. Y fue el viento quién nos juntó una noche. ¿Será él mismo quién nos separó?

Te cuento que se murió la Tsunami, mi perra. Y sé que llorarás con la pérdida_ quién más que tú amaba tanto a los animales_. Pero hoy te han llorado los días, me ha faltado tu presencia, tu voz quebradiza, tu romántico paradigma, tus constantes halagos y mentiras. Me mentiste tanto que me la creí Bonito. Me decías que era la mejor, la más bonita, tu morena en la que se arrulla el sol por entre los cabellos. No soy así querido. Espero que te hayas dado cuenta, que, valgo un poco más que los hongos, porque en mí aguarda un corazón a la espera de grandes aventuras.

Somos jóvenes e impredecibles, y quién sabe si estás ahora con una avispada dándote besos. No lo sé. Y no te culpo, los hombres en su mayoría somos iguales: tú sabes, yo nací hombre. Pero te amé, aún cuando fue anacrónico, estuvo tarde y ya atardecían las buenas nuevas de nuestra complicidad.

Te recordaré Bonito, porque en un tiempo más ya no lo haremos, o quizás quiénes seremos. Para ahorrarnos tiempo, dejemos un minuto de silencio y recordemos nuestros poemas a las 6 de la Tarde. Me haces falta Bonito, porque me han roto el corazón y tú siempre fuiste arquitecto de corazones, te las ingeniaste para que me bombeara la alegría por entre las venas.

Si me echas de menos, acompáñame a echarme de más, porque hoy es eso lo que me hace falta. Te quiero.

sábado, 27 de junio de 2009

Idus de Marzo, pero en Junio...


A veces suelo desplegar mi mente, e imaginar que soy Tú. Es un ejercicio que tiene mucho de Narciso, pues lo hago simplemente para observar cómo es que luzco desde afuera, no desde mi Yo, desde lo que pienso de mí, y de lo que Daniela intenta.

Créeme que ahora te entiendo. Desde afuera, ¿qué será lo que pienso? _me preguntaba_. Y me veía haciendo lo mismo que reitero con desasosiego: Entrecierro los ojos, acoplo un poco las pestañas, tenso los agujeros de la nariz, enflaco mi pera y la apunto al suelo. Qué mujer más extraña_ me digo_.

Y, ¿cómo es que se siente ser Tú?

¡Wow, gran pregunta.! Se me han hinchado las manos, más vastas, más peludas, fortachonas y viriles. No veo mi rostro: ¿Por ahí hay algún espejo para observarme? Que experiencia traumática se avecina al desaparecer el escaso rasgo femenino que me distingue, y volverme un hombre con todas las de la ley.

Pero me observo, me caigo bien. Al menos eso de primera vista. Parece ser una chica simpática, me atraen sus ojos grandes, algo picarescos, ¿Será que con todos brilla ese ébano que tanto la distingue? Algo me dice que a éste Tú que he entrado yo, le gustas. (¡ Hay estos problemas que tiene el lenguaje, que no puedo describir bien quién es quién!). Me miro, y el Yo está mirándote a Ti (recuerda que ahora yo soy tú, al menos por ahora). Pero qué enredo, ahora no entiendo cómo es que si me ha dicho tanto, siquiera se acerca. Será que desde afuera luzco así, tan incomprensiblemente antitética. Puede ser. También es cierto que me conozco desde tú punto de vista por primera vez, y no luzco tan bella como creí, ni tan guapa. No tengo muchas curvas, me sobra carne, quizás deberías no fijarte en Mí. A menos que quieras conocerla mejor. Ella está algo seria, yo no río, pero ahora que estoy en Ti, me doy cuenta lo mal que se ve cuando estoy triste. ( Supieras que no lo estoy, pero es cierto, ya no puedo saber lo que pienso).

Arg… Qué tarea más ardua ésta la de hacer que no sé lo que pienso, encubarme en tu mente y, por supuesto, hacer como que soy Tú, no obtante, ignorándome completamente.

¿Terminaremos ésta historia termina con una tercera persona, sosteniéndonos a todos como meros ventrílocuos?

Sólo sé que los ojos, los tuyos, y los de todos, son unos mentirosos.

sábado, 20 de junio de 2009

Secreto en la boca, y en un instante...



¿Hay algo más inefable que un beso?







Probablemente su preámbulo, su preludio, el cosquilleo que le hace antesala y que le epiloga.

Sea cual sea el escenario que le da vida, un buen beso jamás podrá empaquetarse en palabras. Ellas podrían aceitar el movimiento de nuestros recuerdos, y traerlos a esa luz que enardece los silencios.

Mis preferidos son los que comienzan con una Obertura tenue, probablemente cuando la boca vaga por entre el rostro: los labios van ensayando curiosos; la lengua apenas toma partida pero advierte su presencia, los ojos se entrecierran, los hálitos van haciéndose uno y las cabezas se encuadran para comenzar la sinfonía. Es un momento clave, pues puedes arrepentirte y dar vuelta tu figura (también funciona si tu varón no es sensible, pues se vuelve más hercúleo y emprende la lucha por tu beso), y dejar al hombre con la introducción de lo que

eres, o de lo que será en algunos segundos.

Es increíble como el mundo comienza a desvanecerse y a dibujarse como tú y él. Es un bellísimo transporte hacia los orígenes de la Humanidad, cuando Adán y Eva podían besarse sin que nadie más les observara. Besos a oscuras, a mi juicio, los mejores. Si te acolchona la nuca una exquisita almohada, mucho mejor. Si tu hombre se viste de un rico perfume, muchisísimo mejor.

El preludio, quizás adornado con las manos de tu amante rozando tus mejillas con lisura, o quizás su nariz descubriendo la tuya, es algo que dura algunos minutos; cuando el cosquilleo comienza a travestirse de un candor ascendente. Mi punto de vista es absolutamente feminista y se reduce a mi experiencia, que supongo, no es la misma que la de todas. Como había dicho antes, la Obertura da cabida al beso en su esplendor. Las bocas se posan amortiguadas, y siguen un ritmo armonioso, si tienes suerte simétrico, sino, algo torpe. La saliva termina por hacerse una, y tu mejilla se posa en la otra, acomodando las narices en un ángulo perfecto.

Las cabezas rotan, el candor se eleva, la pureza va haciéndose agua: y con ello el decoro y toda la caballerosidad que solíamos llevar antes. Ya somos uno: qué vale ahora la siutiquería de creerse una dama de las de antaño, ahora somos una mujer y un hombre. La mano se posa con más fuerza, la velocidad exalta aún más la pasión que engalanan ambos. El resto de la historia, dejémosla como historia. El recuerdo sigue, o a veces concluye. Y lo mejor de todo, es que son sólo segundos, en los que todo el universo te parece exquisito, el placer te hace más sentido que el recato.

Vuelvo a pensar en aquello, y quedo gusto a poco: definitivamente es indescriptible la amalgama de sensaciones que te provoca un beso de la persona que quieres, o deseas. Para los que hemos besado alguna vez, de nada sirve nombrarlo, pues bastante bien lo sabemos. En fin, mejor dejo de escribir. Se me está haciendo agua la boca.

domingo, 14 de junio de 2009

Si Freud me escuchara...




Recuerdo que cuando era pequeña, solía pasar tardes enteras junto a Mampato. Y antes de que comenzaran a carcomerme las hormonas, mi corazón bombeaba con manía por el blondo galante. El sol es testigo de que lo seguí religiosamente por entre los Cherokees, los rapa- nui, los años de la Fiebre del Oro, en el Tíbet; junto – con- y sin Rena, con Agú, en fin, podría articular más de 10 años de Revista.

Hoy me doy cuenta que tengo una inexorable debilidad freudiana por los hombres que se parecen a él, y que se arraigan al deseo de hacer lo correcto, de escatimar su integridad por los ideales. Así mismo, la primera vez que leí a Kant, quién ya se hizo mi vicario, lo imaginé como Mampato: o al menos esquematicé la figura de él con la peluca siútica y nieva del siglo XVIII, y la parafernalia refinada de corte que luce el filósofo.
Con la pseudo- madurez me di cuenta que Mampato no era un pelirrojo acinturado, sino que era una actitud. (Créanme que en éste punto de la nota hace falta un psicoanalista, pero haré lo posible para sublimar éste deseo interno en algo saludable).

La actitud de Mampato fue, inconscientemente, un estilo de vida que propugné seguir con fervor. Y cualquier persona que tenga los cojones para admitir que intentó ser como una caricatura, debería auto- analizarse mil veces y dejar de hacerlo: pero en mi caso no es así.
La vida me ha dado el visto bueno, y lo que comenzó como un modelo patéticamente caricaturesco, terminó siendo una convicción de vida avalada por la experiencia y también por la razón.

No deseo dejar de seguir a Mampato, porque ya le encontré otro sentido que no se conforma al simple ejemplo. La nobleza, la honestidad, la convicción, el sentido de ayuda por los demás, la empatía y gran madurez que llevaba a cuestas Mampato por entre todos los lugares y tiempos del Espacio, son valores que día a día no abaten por entre los errantes, sino que da lugar a grandes hombres. Y seguramente hubieron grandes Mampatos en la historia, que no me avergüenzo de admirar y analizar sus modelos.

Llámenle mala suerte o destino errático, he llegado a darme cuenta que el anti- valor ronda mi conciencia con más holgura que el Modelo Mampatiano, y que me resulta muy difícil seguir el camino de Kant y sus imperativos categóricos, o de Mampato y su elevada Moral. Aquí sí que te hallo razón Freud: El Super yo ha tumbado las toallas, y mí Ello se arranca cuando el Gato no está presente. Por supuesto, no olvido que tanto Mampato como Kant, han sido figuras absolutamente manoseadas por los pinceles de otros, al punto que han idealizado la figura de grandes hombres reales, y grandes hombres ficticios.

A los 12 años se comprende que la vida no es de monos, y a los 18 se entiende que tampoco es de súper-hombres. Mientras más nos acercamos a los grandes hombres, más hombres se vuelven, y así dicen que se va tornando la vida, cada día menos mítica, menos idealista. Lo último no sé a qué edad sucede. Sólo espero que no llegue luego.

jueves, 11 de junio de 2009

Mi Prólogo. Lo que soy.








 


“Cuán vano es sentarse a escribir cuando aún no te has levantado para vivir”.

Para cuando Thondreau escribió este proverbio, quisiera haberle preguntado qué era lo que entendía por la vida. Seguramente ese ínfimo instante de su existencia, se compuso de su ser entre la tinta de la pluma y la pestilente soledad.  

Unos siglos más adelante, puedo recrear a Thondreau. Mi ahora, mi presente, mi hoy, es el titilar de un teclado que menea al ritmo de mis pies, acolchonados en pantuflas. Mi vista se cansa y  holgura en ésta pantalla, mis dientes se acoplan y el pensamiento va manando. Nada más que eso soy yo. Un par de manos infantes hundiendo imprentas. Eso, del ahora. No es tarea fácil prologar a mí misma. Es como desplegar a otra Daniela que me presente, que me observe a lo lejos, y ojalá, que me adule.

Lo cierto es que la Daniela que posa el trasero cada vez que traza palabras, no es la misma que en la cotidianeidad  camina transeúnte.  Afortunadamente. La cotidianeidad suele parecerse a la superficie, llena de reflejos y banalidades;  así como bellos parajes que en el cúmulo son la mera felicidad. En la vida real, y no etérea, suelo no hablar del Horizonte de Sucesos, sino más bien apocar el vocabulario con algunos improperios, pelar algunas papitas, destilar muchas pasiones, menear con Daddy Yankee, trabajar y educar niños, ahogarme a carcajadas y simpatizar almas del camino.

Y si ésta atrocidad de simpleza hecha mujer se pusiera a escribir, no podríamos dejar grandes pensamientos en limpio.

Es la primera vez que hablo de mí, ésta que se esmera en afinar detalles, que alucina con el Arte, con el desvanecimiento de la nada, con el pasar de las hojas. Ésta que crece empaquetada en un metro cincuenta, pero que se yergue como un roble.  Ésta que lucha por bracear mar abajo, pero que el océano gravita hacia la superficie todos los días.             E Insisto. Conocerme no es tarea fácil, pues ni yo misma puedo prologarme y hacer de esto una noble Génesis. Y ya me cansé de buscarme, pues he fijado la vista en el Otro, en el que abunda más problema, más interés y sustancia. Y tú eres ese Otro, que me lee, para el que escribo.

Si te importa saber quién soy, lo único que debes saber es que no lo sé. Sólo puedo decirte quién quiero ser. Lo primero, lo dejo al juicio de lo que tú y yo hemos vivido y  de lo que leíste en mis ojos alguna vez. Pues bien, en ésta eternidad, en la que mi recuerdo te está rebasando, quédate y mantenme junto a ti. Eso, lo que ves, es mi Prólogo. Y qué tontera, pude haberlo dicho desde un principio, y haberme ahorrado tanta palabra.-