
Hay quiénes leen los libros aún mejor que quienes los escriben. Hay quienes que a partir de la poquísima materia prima de las palabras, erigen edificios o los demuelen. Esa es la tarea “casi-imbécil” de los que roban un verso, se acuestan con él, lo reposan debajo de la almohada y lo transmutan en ideas al día siguiente. Digo casi, porque siendo escéptica, ya nada es una total verdad, y lo más seguro es que esté equivocada.
Muchos de estos alquimistas maniáticos somos los humanistas. Aquellos que ansiamos con fulgor descubrir códigos secretos en donde, quizás, no hay ningún disfraz. Aquellos que leemos en los zapatos de los autores y nos movemos por las letras con el mismo vaivén con el que el autor manipulaba su pluma. Y por más que intenten convencerme, a muchos humanistas les interesa poco la verdad. Más bien, algunos se han dedicado a desordenarla o a inventarla. Muy bien lo decía Einstein: “si deseas decir la verdad, hazlo con precisión. La elegancia déjasela al sastre”.
Y eso somos. Unos sastres. Y unos sastres complejos.
A ver qué diría Aristóteles si le contara que su libro ha sido traducido a cientos de lenguas, y como las mil putas se ha manoseado, mal interpretado; bien triturado con cuchillitos de críticas, molido, comido, debatido y requeté vilipendiado. Como Duchamp, que le hizo bigotes a la Monalisa. ( No caeré en analizar ese cuadro, Duchamp se reía de quiénes le veían algún sentido).
El análisis_ que es una de mis actividades predilectas_, tiene mucho de imaginería. Tiene mucho de creatividad, de cocina propia, de lenguaje inventado y propia condimentación. Y hoy le tocó al propio análisis ser analizado. Lo tomé por entre sus calzoncillos y le senté en una silla ( ¿Ven lo mucho de sastre y poco de precisa que soy?).
En fin, si me dedicaré a las mentiras, ya es hora de que también niegue esta verdad. ¿O no? Hay que ser consecuente. Al menos en esto: nada claro están los humanistas de lo que quieren, ¡Imagínense que ni siquiera han descubierto quiénes son!
Yo les tengo una noticia: no se engañen. Las palabras somos así: difusas, tan empaquetaditas que dejamos la realidad fuera. Si ni siquiera los números la abarcan por entero, no le pidamos más a nuestra ciencia de la confusión. A mí me gusta. Siempre me han gustado los magos.
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