
Dentro del cúmulo de antivalores humanos ( deslealtad, egoísmo, agregue aquí a su gusto); no hay ninguno que me hinche más las bolas ( que aprovecho de aclarar, no tengo), que la hipocresía. Dicho en otras palabras, es fingir que se tienen pensamientos, valores y sentimientos, que se están lejos de poseer. Son de esos que van gritando a los cuatrovientos que son virginales, buenos y honestos, y que para aumentarle el caldo a la olla, critican y juzgan a los demás. Sería yo una hipócrita, si critico a los hipócritas y lo soy al mismo tiempo; y sí, a veces lo he sido, pero inmediatamente lo corrijo. Inmediatamente me flagelo psicológicamente y me auto-penitencio. Me parece horrible. Más horrible que muchos antivalores y no sé por qué.
En psicología, el comportamiento hipócrita se relaciona con el error fundamental de atribución: los individuos tienden a explicar sus accionares por sus circunstancias, pero atribuyen las acciones de otros a la personalidad de los demás. Ya desde chica me apestaba ver a mi papá fumar y que reprochara la conducta al mismo tiempo, o ver a mis compañeras cacareando el discurso virginal, y a la vez me enteraba de que tenían relaciones sexuales con uno y que otro pelagato. Y la verdad es que no me importaba el hecho malo en sí, me molestaba el discurso, esa verborrea apestosa y rídicula que encubre una pobreza interior. Freud lo consideraba como un mecanismo de autodefensa; un recurso psicológico que nos juega la mente. De hecho, hay tipos que escriben papers defendiéndola, arguyendo que es buena para la sociedad, pues protege de los fanatismos.
Anyway, a mí me importa un reverendo orto lo que digan esos papers. Lo cierto es que conozco a unas cuantas personas hipócritas, y el mismo hecho de no encararlas me transforma a mí en una vil hipócrita más. Quisiera que leyeran esto y se viesen aludidas(os), pero , ¿ cómo hacer ver a alguien que se autoengaña? Díficil. Por lo demás, consciente estoy que esta entrada es un arma de doble filo, e inconscientemente la uso para atacar y atacar-me.
De hecho, a tal punto me enerva la hipocresía, que cuando pequeña me encantaba Kikiribu: un pollo muy estúpido que lucha por ser humano, y usa disfraces muy evidentes para engañar a los demás. Se viste de David Hasselholf, o con una ordinaria bata de laboratorio, etc. Hay otro personaje que se da cuenta de ello, y lo denuncia: ¡ Es un pollo! ¡Es un pollo!” pero nadie parece inflar una sola palabra de lo que dice. Todo el mundo lo adoraba y lo encontraba excéntrico, hasta que al final se le cae el disfraz y todos se dan cuenta de que es un pollo. En la literatura está Tartufo, de Moliére, que de por sí, es la obra de la hipocresía ( un datillo para leer). Y, por ello me encanta también George Carlin, un comediante inglés que se encarga de desenmascarar la hipocresía de la mayoría de las personas. En fin, quien se vive fijando en los engaños de los demás, termina amargándose, pues no hay fin de ello. Al menos me queda resignarme con evitar a los tartufos y flagelarme después de cada hipocresía que sale de mi boca. Mal que mal, y si lo piensan bien, la hipocresía es una especie de rito: una alabanza que le hacen los vicios, a la virtud. Y los hipócritas son, al fin y al cabo, las personas más tristes que existen. No soportándose a ellos mismos, no les queda otra que doblegarse. Y pucha que cuesta ser uno mismo: imagínense mantener a dos personas viviendo en el mismo tormento.