domingo, 26 de septiembre de 2010

Hacen bien en creer que van a morir.






Me resulta díficil comentar el video de Lacan, ya que quisiera que estas palabras fuesen mejor que el silencio; mejores que el hecho de dejarlos a la deriva con sus palabras.
Pero la escritura reduce todo: todo lo selecciona y omite. ¿Podrá ser esta selección el origen del inconsciente? Me refiero a que, las palabras pueden expresar tantos significados pero ¡ aún no pueden explicar las millones de sensaciones que experimentamos a diario!El lenguaje nos limita, nos enjaula en otra realidad que deja atrás a mucho que estuvo presente pero que finalmente no se hizo palabra. ¿Cuánto de lo que experimentamos no alcanza a convertirse en palabras, no alcanza a convertirse en imágenes, en recuerdos conscientes? ¿Cuánta realidad se nos queda afuera, zigzagueando? ¿Es acaso el inconsciente todo aquello que nuestra mente balbucea?

No obstante, las palabras de Lacan nos concientizan de algo: ¡ No sabemos si moriremos! ¡No lo sabemos, ni lo sabremos! Sólo podemos creer en ello. Y lo hacemos. Inconscientemente lo hacemos, sino , ¿ qué sentido tendría esta vida? ¿Qué sentido tendría vivir la eternidad en contraste con 70 años de vida terrenal? Todos, religiosos y no religiosos, creemos que moriremos. Sino no cuidaríamos de nuestras vidas...

De alguna forma sabemos que después de todo, es lo único que tenemos.

martes, 21 de septiembre de 2010

Muchos somos



DE tantos hombres que soy, que somos,
no puedo encontrar a ninguno:
se me pierden bajo la ropa,
se fueron a otra ciudad.

Cuando todo está preparado
para mostrarme inteligente
el tonto que llevo escondido
se toma la palabra en mi boca.

Otras veces me duermo en medio
de la sociedad distinguida
y cuando busco en mí al valiente,
un cobarde que no conozco
corre a tomar con mi esqueleto
mil deliciosas precauciones.

Cuando arde una casa estimada
en vez del bombero que llamo
se precipita el incendiario
y ése soy yo. No tengo arreglo.
Qué debo hacer para escogerme?

Cómo puedo rehabilitarme?
Todos los libros que leo
celebran héroes refulgentes
siempre seguros de sí mismos:
me muero de envidia por ellos,
en los filmes de vientos y balas
me quedo envidiando al jinete,
me quedo admirando al caballo.

Pero cuando pido al intrépido
me sale el viejo perezoso,
y así yo no sé quién soy,
no sé cuántos soy o seremos.
Me gustaría tocar un timbre
y sacar el mí verdadero
porque si yo me necesito
no debo desaparecerme.

Mientras escribo estoy ausente
y cuando vuelvo ya he partido:
voy a ver si a las otras gentes
les pasa lo que a mí me pasa,
si son tantos como soy yo,
si se parecen a sí mismos
y cuando lo haya averiguado
voy a aprender tan bien las cosas
que para explicar mis problemas

les hablaré de geografía.


A veces quisiera... no leer poesía. Así como quienes buscan en ella reírse, quizás encontrar el amor, o llenarse de belleza, para mí la poesía es una advertencia. De alguna manera ella me recuerda que después de todo, no soy feliz.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El árbol


Espero que no adivines de mí. Que no te enteres que uso con frecuencia este lenguaje escurridizo: " ¿qué hora es? ¿un poco de bebida?" para decir que me gustas. Todo es porque, a fin de cuentas, " que hora es" algún día será simplemente eso: una pregunta vacía, con ansias de saberse. Para eso falta algo de tiempo, pero créeme, espero con ansias que suceda, como ha sucedido tantas veces.
La receta para estas cosas es esa, que el silencio deje de ser un lenguaje para transformarse en pausas de tiempo. Porque todo quien ha pasado por esto termina en estos círculos absurdos: me pregunta el cuerpo y se contesta solo, y las palabras dan vuelta como moscas en la mierda.
Sin embargo sé que esto es esto: es tiempo. ¡Es tiempo: un maldito perfume que algunos retienen!. Lo vas dejando entre las cosas, entre las plantas, entre la gente: pero finalmente se va, si no alcanza a ser más que eso.

y...

cuando ya nada importe... ¿ es la indiferencia la más grande de las muertes? Probablemente, es lo que desea todo ermitaño de su propio cuerpo, todo budista de su apego. Es el deseo de toda mujer en busca de su independencia... esa libertad que tienen a veces los mejores y peores humanos de dejarse ir, dejarse ir y dejar ir.

Porque libre de ti es no pensarte, ni pensar si me piensas. Es de pronto verte y que seas como el árbol que suelo distinguir algunos Miércoles. A veces lo veo, entre medio de otras cosas. Y no me importa si lo podan, si lo hacen sangre y se lo toman entre todos. No me importa si le crecen hojas, si es invierno y se despelleja, si se hace agua o espuma.

Una semana más. Una semanita más. El árbol serás tú o tú y el árbol uno. Qué importa, para entonces ni fijaré la vista. Para entonces ya seré indiferente y el lenguaje literal: esa, esa será la lapida.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Kikiribu


Dentro del cúmulo de antivalores humanos ( deslealtad, egoísmo, agregue aquí a su gusto); no hay ninguno que me hinche más las bolas ( que aprovecho de aclarar, no tengo), que la hipocresía. Dicho en otras palabras, es fingir que se tienen pensamientos, valores y sentimientos, que se están lejos de poseer. Son de esos que van gritando a los cuatrovientos que son virginales, buenos y honestos, y que para aumentarle el caldo a la olla, critican y juzgan a los demás. Sería yo una hipócrita, si critico a los hipócritas y lo soy al mismo tiempo; y sí, a veces lo he sido, pero inmediatamente lo corrijo. Inmediatamente me flagelo psicológicamente y me auto-penitencio. Me parece horrible. Más horrible que muchos antivalores y no sé por qué.

En psicología, el comportamiento hipócrita se relaciona con el error fundamental de atribución: los individuos tienden a explicar sus accionares por sus circunstancias, pero atribuyen las acciones de otros a la personalidad de los demás. Ya desde chica me apestaba ver a mi papá fumar y que reprochara la conducta al mismo tiempo, o ver a mis compañeras cacareando el discurso virginal, y a la vez me enteraba de que tenían relaciones sexuales con uno y que otro pelagato. Y la verdad es que no me importaba el hecho malo en sí, me molestaba el discurso, esa verborrea apestosa y rídicula que encubre una pobreza interior. Freud lo consideraba como un mecanismo de autodefensa; un recurso psicológico que nos juega la mente. De hecho, hay tipos que escriben papers defendiéndola, arguyendo que es buena para la sociedad, pues protege de los fanatismos.

Anyway, a mí me importa un reverendo orto lo que digan esos papers. Lo cierto es que conozco a unas cuantas personas hipócritas, y el mismo hecho de no encararlas me transforma a mí en una vil hipócrita más. Quisiera que leyeran esto y se viesen aludidas(os), pero , ¿ cómo hacer ver a alguien que se autoengaña? Díficil. Por lo demás, consciente estoy que esta entrada es un arma de doble filo, e inconscientemente la uso para atacar y atacar-me.

De hecho, a tal punto me enerva la hipocresía, que cuando pequeña me encantaba Kikiribu: un pollo muy estúpido que lucha por ser humano, y usa disfraces muy evidentes para engañar a los demás. Se viste de David Hasselholf, o con una ordinaria bata de laboratorio, etc. Hay otro personaje que se da cuenta de ello, y lo denuncia: ¡ Es un pollo! ¡Es un pollo!” pero nadie parece inflar una sola palabra de lo que dice. Todo el mundo lo adoraba y lo encontraba excéntrico, hasta que al final se le cae el disfraz y todos se dan cuenta de que es un pollo. En la literatura está Tartufo, de Moliére, que de por sí, es la obra de la hipocresía ( un datillo para leer). Y, por ello me encanta también George Carlin, un comediante inglés que se encarga de desenmascarar la hipocresía de la mayoría de las personas. En fin, quien se vive fijando en los engaños de los demás, termina amargándose, pues no hay fin de ello. Al menos me queda resignarme con evitar a los tartufos y flagelarme después de cada hipocresía que sale de mi boca. Mal que mal, y si lo piensan bien, la hipocresía es una especie de rito: una alabanza que le hacen los vicios, a la virtud. Y los hipócritas son, al fin y al cabo, las personas más tristes que existen. No soportándose a ellos mismos, no les queda otra que doblegarse. Y pucha que cuesta ser uno mismo: imagínense mantener a dos personas viviendo en el mismo tormento.