
Mi primer beso es un recuerdo atroz. Una mezcla entre risa y vergüenza (ajena también, si esto se hace de a dos). Besar, acariciar el cuello con la mano, mirarse a los ojos mientras inhalamos el hálito del otro, acomodar nariz contra mejilla. Todo lo anterior no se nos da como regalo de la naturaleza, sino que lo aprendemos con el tiempo, con los añitos de uso, con las películas y revistas (nuestros padres no nos enseñan a besar), con los pijama party y las amigas, con Disney o Playboy; dependiendo de la crianza del cauro. A lo que voy es que el amor se aprende, como cuando nos enseñan a bailar, con gracia o con autenticidad: el amor es diferente en cada uno de nosotros, pues entendemos diferentes cosas acerca de él. Y aprender a amar es cosa de años, quizás de vidas, para los que creen en la reencarnación.
Me acuerdo perfecto de mi primer beso, de mi primer abrazo: ¡De la primera vez que me tomaron la mano! No sabía bien si me gustaba él o me gustaba lo que me pasaba, quería aprender de esa sensación que tanto veía disfrutar a los demás. Y este beso entre mordisqueado y mojado, parecía una lucha de dientes que se aleja de lo que realmente siento hoy cuando beso, con otras intenciones, con otra mente habitándome. Él me abrazaba con torpeza, yo miré hacia el suelo: ¡ Qué le iba a decir si me mordió la boca! “Sin duda, esto no es el amor”, pensaba yo, luego de mi primer beso. Y de todas maneras, feliz y rimbombante le conté a mis amigas que ya había pasado a una nueva etapa: la de los besos, la del pololeo. Porque mija´, si ya di un beso estoy pololeando pueh’. Esto no se vive tan patético como suena. Porque hoy ya suena hasta triste que una pensara estas cosas. Puedo contar aún c peores. Tenía una compañera que le daba besos a peluches para practicar su primera vez, o pasaba la lengua por el espejo, enseñándole a los demás los trucos del amor.
Igual le pasará a los hombres, cuando descubren que su pene sirve pa’ algo más que mear. Y con vergüenza exploran su anatomía, en busca de saber… de aprender. Porque repito: ¡No se nace sabiendo besar, ni abrazar, ni se nace romántico! La vida nos trae esa magia con el tiempo, y puede que por ello sea tan confuso cuál es la línea psíquica entre el amor y lo que no lo es, entre lo que es la pasión, el tonteo, el perreo, la camboyana, la señorita, la pa’ casarse, la sucursal, y sus derivados. Se nos complica la cosa con los años, y después ya tenemos que ocupar la nueva jerga: me gusta, me atrae, me interesa, lo amo, lo quiero, lo adoro, y hasta lo “amdoro”, una especie de arrepentida(o) del amor.
Y a mis diecinueve años, sé de estas cosas, pero aún tengo mucho camino por recorrer. Puede que no aprenda de nadie ni de nada, como que vuelva a ser la misma niña con su primera vez. Lo cierto es que el amor, dicen por ahí, es algo maravilloso, que con experiencia pinta la vida con algo más que compañía, con algo más que biología de la reproducción. Vamos vida, enséñeme, que la estoy esperando.
Esta columna la escribiste en dilo.cl o no?
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