
El otro día bailé cumbia. Con el pasito base… ya saben ustedes, “El galeón español llegó… turuturu…”, y aplausos arriba, ¡vuelta! Y el trencito, “Muchachita muchachita la peineta”… pá arriba, pa abajo, etecés. Andaba con unos zapatos altos, y mis pies me imploraban descansar. Para variar se me hincharon los deditos y me salieron unos callos: ¡Quién te manda a usar tacos, mujer!
Y en fin. Me quedé observando_ como una burda poeta que mira el mar a lo lejos_ cuán bien lo pasaba la gente con la cumbia. Allí fue cuando se cruzaron estos pensamientos: “Puta que es estúpido el baile… “ “ Y siempre es lo mismo”… “ ¿Pa´ que repiten la canción de nuevo?” “ Muchachita , muchachita , ¿¡La peineta!?” “ ¿Cómo es que llevo 15 años bailando en los cumpleaños lo mismo?”.
Sin embargo, toda esa gente, y que no se me olvide, también yo hace unos momentos, alzaba mis brazos como condenada a morir; gritando como grulla una canción que ni siquiera había pensado antes.
La misma sensación la tuve después con el Reggeaton. “Que burda la wea´… “ “Siempre el mismo compás, con distinta letra, y más encima ordinaria”… “ Pucha oh, como les puede gustar La Gasolina” “ No me había dado cuenta de lo flaite que es este baile”. Y ahí, de nuevo, Daniela volvía a disfrutar de la música. Lo popular, en efecto, no puede ser digno de análisis. Es efímero como un beso de media noche. Es dulce y superficial. Se cuestiona y se mata, se piensa y se pudre. Nadie se pone a pensar porqué debemos sentarnos en la pierna del hombre mientras bailamos Reggeaton, ni por qué nadie protesta por un cambio en la canción de Año Nuevo. Yo nací con Tommy Rey en mis oídos; y probablemente moriré con el compás de sus canciones.
Los sexólogos opinan lo mismo del sexo. Mientras más se piensa, más lejos se está de sentir orgasmos, o actividades similares. Lo mismo podríamos aplicarlo a La Cuarta, a la Moda, a las compras compulsivas, a la tomatera con los amigos, a las aventuras y al heroísmo empedernido. Hay ciertas actividades que no se piensan; pues se destruyen. ¿Es el amor una actividad pensada? Autores distintos difieren en el asunto. Un libro de Erich Fromm, “El Arte de Amar”, nos lleva por el camino de la sapiensa. El amor es, sin duda, un arte de experiencia y de análisis, que lleva hacia la felicidad última.
Otros autores prefieren dejar al amor en el católogo de lo inefable, y para efectos del blog, dejémoslo en aquella categoría de hermoso misterio humano, para que no se piense que vengo aquí a dar consejos de amor con mis pueriles 18 primaveras.
Y todo aquello que no se piensa, y sin embargo se siente como verdad, es lo que mi profe gay de Arte lo llamaba Estética. Yo no sé si él era gay, pues no existen maneras lógicas de comprobarlo sin preguntarle; no obstante, toda un aura estética me permitía intuirlo.La cumbia es un ritmo fuera de análisis exhaustivos, pues cumple su cometido al levantar miles de corazones a la pista.
Desde hoy soy fans de lo inefable, y ojo, con ello todo lo que no cuadra en lógicas. Permítanme hacerle una Oda a la Cumbia, y a la rumba, al reggeaton y a la guaracha. Si te corre por las venas algún ritmo, sin explicación, hágalo rodar por sus caderas y no pregunte. Uno de los peores invitados que tienen las fiestas, son aquellos tipejos parcos, medios seriones y de corazón frígido; que critican las letras de las cumbias en pleno jolgorio y las comparan con Obras Maestras como las de Chopin, o Vivaldi.
Es evidente que quien cuestiona a la cumbia por su calidad musical; no tiene idea de que la música villera es más lugar que melodía; un espacio en el cual se invita a no pensar, y con ello a unificar todas las diferencias en la pista. Comunachos y derechistas, intolerantes o extremistas bailando juntos ; la cumbia es tan chilena como el Chipamogli o Neruda. Elijan ustedes la posición que quieran. Pero que no se condene lo poco pensado: he allí donde se transgreden los límites de la razón.