viernes, 18 de marzo de 2011

Infinito



Te he llorado cariño.
De todas las formas posibles.
Al comienzo, ya sabes, como el común de los humanos: sintiendo ese candor en la nariz, y el humedecer de los ojos.
Luego, como el común de las mujeres: abrazada a alguien, descansando la cabeza en el hombro de un desconocido transeúnte, escuchando a otro corazón herido consolarte, escribiendote, hablándote hasta repartirte por todos lados. Quién sabe, a veces imaginando que la almohada es tu rostro y yo reposo el mío bañado en lágrimas.
Te he llorado cariño.
De todas las formas posibles.
Con el pasar del tiempo, el dolor, como todo en esta vida, descubre inéditas maneras de salir a la luz.
A veces sufro viendo a los amantes besarse, por el simple hecho de tenerse cerca.
A veces sufro cuando te veo a lo lejos, en otra gente. Y te busco en los lugares que estuviste; buscando pensarte:
y pensándote siempre busqué no pensarte más.
De alguna u otra manera te has convertido en dolor.
Incesante.
Desesperante.
A veces te lloro sonriendo. Riéndome de mí misma, como si fuésemos dos, y una apunta a la otra con el filo del juicio.
Y a veces, incluso,
pienso que no te sufro más y te he olvidado,
así, decía Nicanor,
como todas las cosas de la vida.
Eso hasta ayer, cuando vi el mar
y volvieron a caer lágrimas.

Perdóname si sentí que aquello era el infinito.
Pues ese fue el último paso del dolor:
y curiosamente,
el primero.