

Lo que me enamora de las letras, es que no perecen. Y esa trascendencia, que sólo se presenta en el éter, en el universo y en la moralidad del ser humano, se esmera en conquistarme todos los días. Si de algo vamos a hablar, es de lo inefable, aquellas vicisitudes en las que el fonema ha quedado corto. Empaquetar aquello en letras, me ambiciona al punto de extender la naturaleza de las mismas palabras...
Me es urgente saber qué es lo que esperas.
Pero no es ahora cuando quiero saberlo,
Es cuando miras a lo lejos,
Y tus ojos vuelan en el vacío.
Es como si nada llegase a ti,
La vida pasa por el lado, caminando,
Y tú la ignoras,
Quizás porqué, yo no entiendo,
No entiendo de los que esperan.
Yo lo sé,
Porque eres de esos que nada hace,
Todo lo espera,
Suponiendo que la vida, vive,
y trae algo para ti.
Siempre, en cada instante,
Cuando un cigarro se amolda en tu boca,
Cuando la guitarra se acomoda en tus manos,
Piensas,
¡No! No es eso:
Deseas…
Deseas cambio,
¿Qué más podría ser sino eso?
Y entre tanta ventolera y lamento
La autora no prevé
Que el problema no es que añores,
Ni que la vida pase al lado
Y tu la ignores.
El problema es que la vida
A veces soy yo,
y no trae cambio para ti.
El problema no es que esperes,
Sino que sé que eso
Que se guarda entre miradas y bocas,
No
Soy
Yo.
Hace poco más de un mes, el viejo Hawking planteó al mundo la certeza de que Dios no fue necesario para crear el Universo ( tranquila Iglesia, Hawking no dijo que no existe, sino que no hizo el Universo). Y bueno, hay que darle mérito a la Iglesia Católica, pues es probablemente una de las instituciones que sabe de resiliencia. Sabe de superar obstáculos, de reinventar lo que inventaron (por supuesto), y también de olvidar aquello que daña a su memoria colectiva. La Iglesia tuvo que superar el hecho de que ya no era verdad que procedíamos de una mujer ansiosa por la manzana sino que en realidad del mono; tuvo que superar que en realidad la Tierra rodaba alrededor de una estrella, y que en el Universo somos una pizca minúscula en el infinito. Tuvo que reinventar la Biblia desde lo literal a lo metafórico, tuvo que olvidar el latín, tuvo que esconder el sudario de los científicos que lo desestimaban, y comenzar a explicar qué cresta hizo Dios, si ahora sabemos que la vida puede crearse sola ( autopoiesis de Maturana), que el universo pudo hacerse solito ( Teoría del Big Bang), y que las especies provienen unas de otras, y no de un dedo divino que las nombró y les dio vida.
No es de dudar que nuestras virtudes y vicios provienen de una herencia cultural y no de Dios; la moral es construida por los humanos y tiene como límites los límites del lenguaje. Esto quiere decir que la moral no la inventó Dios, ni tampoco el universo, ni tampoco las especies, ni tampoco a mí (porque, ya sabemos que fui creada luego de una noche de sexo). Tampoco dirige lo que hago, pues ya sabemos que podemos dirigir nuestros actos, y a lo que le llamamos destino es la suma de todos los actos de la naturaleza, más los nuestros (siendo los hechos externos aquellos de los que no tenemos control).
Por lo tanto, con todo el conocimiento que tenemos de ciencia, psicología, historia, etc, etc… ya no vale preguntarnos si Dios existe, sino que: ¿Qué hizo? Si todo pudo haberse creado solo.
Pues bien, la pregunta retórica es otra. La pregunta es: ¿Qué hicimos? Inventamos a un Dios y ahora lo cambiamos de acuerdo a nuestra conveniencia. Aún así, y después de darnos cuenta, de que no sabemos si existe o no (pues asumámoslo, jamás lo sabremos), la pregunta es si queremos seguir creyendo en un Dios medio pajero. Y sí, alguna gente sigue en esta dinámica, pues se siente protegida por lo que nos decía Freud, una sensación psicológica de un padre enaltecido, una naturaleza bondadosa que guía nuestra cabeza, que nos protege de los vacíos, y nos auxilia en la necesidad. ¿Podríamos decir que todo religioso es en sí un niño ante la incertidumbre, gritando por su padre? Freud nos dice que sí.
Por eso que es muy difícil convencer a un religioso de no serlo, porque aunque existan pruebas de la absurda existencia de un Dios, este seguirá creyendo por su necesidad de creer.
Eso sí, si es que llegan los extraterrestres, habría que preguntarles a los curitas si es que ellos van al cielo también. Apostaría dos lucas a que después de eso, mi abuelita seguiría creyendo. Por eso y por muchas cosas más, la Iglesia se merece una reverencia, pues celebran a los mineros por su fuerza, ¡Y la Iglesia ha salido de tantas! Veremos como sigue esta historia, llena de mentiras e inventos, que más que divina y sagrada, me suena a pura carne humana.