jueves, 29 de julio de 2010

Qué mierda hemos hecho.



Mi hogar está lleno de costumbres estúpidas. Por ejemplo, prefieren mandar a comprar todos los días una bebida al Kiosko, antes que las 30 bebidas del mes en un supermercado. Esto porque, inconscientemente, se aloja la imbécil esperanza de que esa costumbre no se haga algún día, de que se ahorre esa plata y se destine a algo menos banal que una bebida. De alguna manera, se sienten culpables al asumir que desde hace 5 años se toma bebida en la casa, sin excepciones; sin reparos ni molestias.

Otra costumbre idiota es la de que los niños lleguen a las 8 al colegio. La mayoría de ellos no puede ni abrir los ojos a las 6, ya sea por cuestiones de biología, de flojera crónica, de mala costumbre o de inconsciente colectivo. Independiente la razón, no he escuchado de alguna persona joven que le guste amanecer a las 6, como sí lo hacen los abuelos, entre aburridos de tanto soñar o cansados de mantenerse durmiendo (qué se yo como será la mente de un viejo).

Lo cierto es que, producto de esta regla que pareciera apestarle a todo el mundo, muchos llegan atrasados, cansados, requete ineficientes a sus pegas, de mal ánimo, encañados, etc. Y bien, ¿es que acaso no podemos reorganizarnos y cambiar los horarios que nosotros mismos hemos inventado? Por asuntos de mera estupidez, nos mentimos, y nos engañamos con gran facilidad.

“A las 4 y media chiquillos, en Plaza Italia”- me decía un amigo-. A las 5 veníamos llegando todos, con una excusa de medio camino, muertos de la risa al darnos cuenta de que nadie seguía la misma regla que nosotros nos habíamos impuesto.

Todos amamos comer, y aún así nos hemos implantado un estándar de belleza imposible de lograr sin vomitar después de una chorrillana o trotando horas en el Estadio. ¿Por qué ser así de delgada está bien, si a nadie le gusta dejar de comer y a los hombres les fascinan las curvas, los pechos y las caderas? ¿Qué mierda hemos hecho con nuestras reglas? ¡A quién mierda se le ocurren, y por qué mierda le hacemos caso!

Desobedecimos a nuestros instintos, reprimiéndolos y modificándolos al punto de crear un mundo fastidioso que no nos gusta. Porque cabros, los seres humanos podríamos crear un mundo agradable si quisiéramos, pero la mitad de lo que hacemos es una obligación que es impuesta por no sé quién, de no sé cuándo. ¿Qué tiene de malo el placer, hacer lo que quieres, que la gente haga lo que le gusta? Yo no firmé en ningún momento un contrato como el de Hobbes y como el de Rosseau. Ese libro no es de mi tiempo, y la verdad bastante injusto me parece, pues nadie puede firmar algo si es que no está en igualdad de conocimiento y condición. A mí me trajeron a la vida, y me tuve que levantar, contra mi voluntad, todos los días a las 5 de la mañana. Tuve que hacer dieta, dejar de ver televisión, no reírme ni eructar si lo deseaba. ¡Hasta aguantarme los deseos de besar y de conocer a alguien más! Qué vida es esta por Dios, tan mal hecha. Si es que debemos pasarnos la vida aprendiendo, para luego producir y mantener el sistema vivito y coleando, que al menos esa rutina sea de la laya que a mí me guste. Y punto.

domingo, 25 de julio de 2010

Problemática Memoria.



A veces la gente cree las historias que uno les cuenta, como si nosotros mismos, los cuenta-cuentos; recordáramos bien lo que nos pasa. Por eso, cuando me preguntaron cómo habían sido estos días, yo dije que rápidos y divertidos. No sé si serán los mejores adjetivos para describirlos, pero, en fin… cuando se es honesta, las palabras más simples llegan a la boca.

Sin embargo hoy, recordé el motivo por el cual comencé a mirar estos días con el sentido único de fijar la vista hacia adelante, sin rememorar ni significar nada, simplemente vivir la pérdida de los momentos y esperar los nuevos.

A veces los objetos nos traen mundos enteros a la memoria, y hoy vi mi bufanda café, y te recordé usarla. Me acordé de ese momento, y ¿por qué no de otro? me pregunté, si esa bufanda tiene muchos años conmigo. Sin embargo recordé que yo salía de allí y tú, esperando que me fuera, llenaste el silencio acomodando mi bufanda en tu cuello, esperando que yo te la sacara y comenzara a jugar con el tiempo de ida.

No recuerdo nada más, y sin embargo, siendo la historia así de aburrida, para mí tiene sentido si es que, pasado el tiempo, aún puedo recordarla con tal detalle, como si realmente importara que llenaras los silencios con mi bufanda.

El tiempo hace lo suyo, y ahora sólo recuerdo los momentos en los que más me quisiste y te quise, aún cuando no fueran los únicos. A veces mi mente juega conmigo y se queda sólo con lo que le sirve para continuar. De esa manera me transformo en la peor cuenta cuentos, pues sólo me quedé con la parte de la historia más alegre, la más placentera. Y así es como te recuerdo y como te cuento cuando me imagino que me preguntan (pues nadie todavía lo ha hecho) , aunque ya tengo preparada la historia y el remate. Siendo como soy- una pésima arqueóloga de mis recuerdos- , prefiero subjetivarme e inevitablemente termino transformando la alegría en felicidad, y la sonrisa en carcajada. Recuerdo parajes y los uno como si tuviesen un hilo conductor, y los escribo en mi conciencia para poder encontrar la palabra precisa para cuando otro me pregunte qué siento, cómo es que lo siento y lo sentí. Por eso a veces la gente quiere escuchar de ti una respuesta más elaborada luego del ¿Cómo estás? , “Bien”. ¿Pero qué decir? ¿Quién puede reunir en una fracción de segundo todo aquello que sientes? ¿Puedes siquiera hacer de ti una narración? No lo creo, y por eso la mitad de lo que digo termina siendo una mentira lejana a la realidad física, y cercana a la mera conceptual. Por eso es que a veces de tanto decir cómo me siento, termino en el umbral de lo opuesto: sintiendo lo que acabo de decir.

jueves, 1 de julio de 2010

Aprender, a amar.


Mi primer beso es un recuerdo atroz. Una mezcla entre risa y vergüenza (ajena también, si esto se hace de a dos). Besar, acariciar el cuello con la mano, mirarse a los ojos mientras inhalamos el hálito del otro, acomodar nariz contra mejilla. Todo lo anterior no se nos da como regalo de la naturaleza, sino que lo aprendemos con el tiempo, con los añitos de uso, con las películas y revistas (nuestros padres no nos enseñan a besar), con los pijama party y las amigas, con Disney o Playboy; dependiendo de la crianza del cauro. A lo que voy es que el amor se aprende, como cuando nos enseñan a bailar, con gracia o con autenticidad: el amor es diferente en cada uno de nosotros, pues entendemos diferentes cosas acerca de él. Y aprender a amar es cosa de años, quizás de vidas, para los que creen en la reencarnación.

Me acuerdo perfecto de mi primer beso, de mi primer abrazo: ¡De la primera vez que me tomaron la mano! No sabía bien si me gustaba él o me gustaba lo que me pasaba, quería aprender de esa sensación que tanto veía disfrutar a los demás. Y este beso entre mordisqueado y mojado, parecía una lucha de dientes que se aleja de lo que realmente siento hoy cuando beso, con otras intenciones, con otra mente habitándome. Él me abrazaba con torpeza, yo miré hacia el suelo: ¡ Qué le iba a decir si me mordió la boca! “Sin duda, esto no es el amor”, pensaba yo, luego de mi primer beso. Y de todas maneras, feliz y rimbombante le conté a mis amigas que ya había pasado a una nueva etapa: la de los besos, la del pololeo. Porque mija´, si ya di un beso estoy pololeando pueh’. Esto no se vive tan patético como suena. Porque hoy ya suena hasta triste que una pensara estas cosas. Puedo contar aún c peores. Tenía una compañera que le daba besos a peluches para practicar su primera vez, o pasaba la lengua por el espejo, enseñándole a los demás los trucos del amor.

Igual le pasará a los hombres, cuando descubren que su pene sirve pa’ algo más que mear. Y con vergüenza exploran su anatomía, en busca de saber… de aprender. Porque repito: ¡No se nace sabiendo besar, ni abrazar, ni se nace romántico! La vida nos trae esa magia con el tiempo, y puede que por ello sea tan confuso cuál es la línea psíquica entre el amor y lo que no lo es, entre lo que es la pasión, el tonteo, el perreo, la camboyana, la señorita, la pa’ casarse, la sucursal, y sus derivados. Se nos complica la cosa con los años, y después ya tenemos que ocupar la nueva jerga: me gusta, me atrae, me interesa, lo amo, lo quiero, lo adoro, y hasta lo “amdoro”, una especie de arrepentida(o) del amor.

Y a mis diecinueve años, sé de estas cosas, pero aún tengo mucho camino por recorrer. Puede que no aprenda de nadie ni de nada, como que vuelva a ser la misma niña con su primera vez. Lo cierto es que el amor, dicen por ahí, es algo maravilloso, que con experiencia pinta la vida con algo más que compañía, con algo más que biología de la reproducción. Vamos vida, enséñeme, que la estoy esperando.