
Mi hogar está lleno de costumbres estúpidas. Por ejemplo, prefieren mandar a comprar todos los días una bebida al Kiosko, antes que las 30 bebidas del mes en un supermercado. Esto porque, inconscientemente, se aloja la imbécil esperanza de que esa costumbre no se haga algún día, de que se ahorre esa plata y se destine a algo menos banal que una bebida. De alguna manera, se sienten culpables al asumir que desde hace 5 años se toma bebida en la casa, sin excepciones; sin reparos ni molestias.
Otra costumbre idiota es la de que los niños lleguen a las 8 al colegio. La mayoría de ellos no puede ni abrir los ojos a las 6, ya sea por cuestiones de biología, de flojera crónica, de mala costumbre o de inconsciente colectivo. Independiente la razón, no he escuchado de alguna persona joven que le guste amanecer a las 6, como sí lo hacen los abuelos, entre aburridos de tanto soñar o cansados de mantenerse durmiendo (qué se yo como será la mente de un viejo).
Lo cierto es que, producto de esta regla que pareciera apestarle a todo el mundo, muchos llegan atrasados, cansados, requete ineficientes a sus pegas, de mal ánimo, encañados, etc. Y bien, ¿es que acaso no podemos reorganizarnos y cambiar los horarios que nosotros mismos hemos inventado? Por asuntos de mera estupidez, nos mentimos, y nos engañamos con gran facilidad.
“A las 4 y media chiquillos, en Plaza Italia”- me decía un amigo-. A las 5 veníamos llegando todos, con una excusa de medio camino, muertos de la risa al darnos cuenta de que nadie seguía la misma regla que nosotros nos habíamos impuesto.
Todos amamos comer, y aún así nos hemos implantado un estándar de belleza imposible de lograr sin vomitar después de una chorrillana o trotando horas en el Estadio. ¿Por qué ser así de delgada está bien, si a nadie le gusta dejar de comer y a los hombres les fascinan las curvas, los pechos y las caderas? ¿Qué mierda hemos hecho con nuestras reglas? ¡A quién mierda se le ocurren, y por qué mierda le hacemos caso!
Desobedecimos a nuestros instintos, reprimiéndolos y modificándolos al punto de crear un mundo fastidioso que no nos gusta. Porque cabros, los seres humanos podríamos crear un mundo agradable si quisiéramos, pero la mitad de lo que hacemos es una obligación que es impuesta por no sé quién, de no sé cuándo. ¿Qué tiene de malo el placer, hacer lo que quieres, que la gente haga lo que le gusta? Yo no firmé en ningún momento un contrato como el de Hobbes y como el de Rosseau. Ese libro no es de mi tiempo, y la verdad bastante injusto me parece, pues nadie puede firmar algo si es que no está en igualdad de conocimiento y condición. A mí me trajeron a la vida, y me tuve que levantar, contra mi voluntad, todos los días a las 5 de la mañana. Tuve que hacer dieta, dejar de ver televisión, no reírme ni eructar si lo deseaba. ¡Hasta aguantarme los deseos de besar y de conocer a alguien más! Qué vida es esta por Dios, tan mal hecha. Si es que debemos pasarnos la vida aprendiendo, para luego producir y mantener el sistema vivito y coleando, que al menos esa rutina sea de la laya que a mí me guste. Y punto.