lunes, 17 de octubre de 2011

Carta en el camino




"Tal vez llegará un día,

en que un hombre

y una mujer, iguales

a nosotros,

tocarán este amor, y aún tendrá la fuerza

para quemar las manos que lo toquen".

Pablo Neruda.


jueves, 13 de octubre de 2011

15


Oscar Wilde solía decir con gran sabiduría, que a veces podemos pasarnos años sin vivir en lo absoluto… y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un instante.

Y eso es lo que recuerdo yo. Quince minutos.

¿Pueden creerlo?

Quince minutos fina y detalladamente descritos en mi cabeza.

Exquisitos. Inolvidables.

Podría hacerlos palabras y dibujarlos como imágenes en mi cabeza.

Podría ponerlos a bailar, desordenándose y volviéndose a armar, como si quisieran vivir allí para siempre.

Todos necesitamos algo de qué aferrarnos. Y son esos quince minutos en los que disfruto descansar. Abrazar la inmensidad de un instante es…

Vivir esos quince minutos cuando el presente no te gusta. Viajarlo, de ida y vuelta…

Sin final.

¿Se dan cuenta?

Sin…

Final

Sin

Fin

Sin

f…

lunes, 3 de octubre de 2011

Adiós


Te miré a los ojos. Tú no lo hacías. Te clavaban; quemándote lentamente...
Ya no éramos amigos.
¿Alguna vez alguien ha guardado el preciso instante en el que ganas a un amigo?

Ya sabes como soy.
Entiendes que me perdiste.
¿Alguna vez alguien ha guardado el preciso instante en el que pierdes a un amigo?
No me refiero a una cajita,
ni a una nota,
me refiero a quizás...
un recuerdo,
una pequeña imagen asociada a un olor; a una calle; una herida,
un llanto en silencio.
Entiendes que me voy, que me perdiste.
Que no hay recuerdo, olor, calle ni palabra que lo explique,
mis pies caminan despavoridos,
escapando de ti.

Te miré a los ojos.
Entiendes que me voy, que no volveré.

No es lo mismo perderte que partir,
tomando para siempre ese instante que nunca sucedió
e inventarlo en un recuerdo,
quizás en una cajita,
quizás en una nota al viento,
en un beso sincero sin intenciones de ser correspondido,
y llevarte sin llevarte, conmigo.
¿Te das cuenta?
Estoy partiendo.

Desde muy lejos te escribo.
Sé que me quieres. Quizás más que eso.
Siempre te querré,
aunque vaya muy lejos
y un día sienta tu olor a cuero desgastado
rozar el mío, ignórandome.

Hay muchas cosas que no sabes de mí. Esta carta, por ejemplo.
Hay otras que no se de ti, como el momento en que la leas en tu mente,
con todos los ridículos cauces de tu voz.

No quiero verte.
No te necesito.
Siempre me las he arreglado para ser feliz.

Entiendes que me fui.
Así,
es el olvido.
Tiempo.

jueves, 4 de agosto de 2011

A las 10, te consuelo.


Mis dedos se hunden en la delgadez de tu rostro.
Es como si fuera la primera vez que te tocan.
Es también como si fuera la última...
Te recorren, quizás para recordarte,
para luego dibujarte en las superficies
(esas que tocan mis manos cuando no te tengo,
cuando en el letargo del silencio
se pasean por los muros buscando tus manos.)

Qué sentido tiene mirar por las ventanas, a escondidas,
esperando enamorarse de nuevo de otro caminante.
Qué sentido tiene llorar sino la esperanza de que lo sepas,
y llores conmigo.

Mis dedos se hunden en la delgadez de tu rostro.
Es como si fuera la primera vez que te tocan
Es también como si fuera la última...
Es más íntima que un beso,
la forma con la que mi pulgar perfila tus ojos.
Estás allí, sintiendo el cosquilleo entre tus cejas.

Te quiero decir tanto. Mis manos te escriben en todas partes.

Mis manos se hunden en la delgadez de tu rostro.
A veces pienso que me amas.
A veces,
la distancia entre dos personas
aumenta cuando están más cerca.


Son las 10. Me pides que te consuele.
Es como si fuera la primera vez que te tocan,
también es como si no lo fuera.

viernes, 18 de marzo de 2011

Infinito



Te he llorado cariño.
De todas las formas posibles.
Al comienzo, ya sabes, como el común de los humanos: sintiendo ese candor en la nariz, y el humedecer de los ojos.
Luego, como el común de las mujeres: abrazada a alguien, descansando la cabeza en el hombro de un desconocido transeúnte, escuchando a otro corazón herido consolarte, escribiendote, hablándote hasta repartirte por todos lados. Quién sabe, a veces imaginando que la almohada es tu rostro y yo reposo el mío bañado en lágrimas.
Te he llorado cariño.
De todas las formas posibles.
Con el pasar del tiempo, el dolor, como todo en esta vida, descubre inéditas maneras de salir a la luz.
A veces sufro viendo a los amantes besarse, por el simple hecho de tenerse cerca.
A veces sufro cuando te veo a lo lejos, en otra gente. Y te busco en los lugares que estuviste; buscando pensarte:
y pensándote siempre busqué no pensarte más.
De alguna u otra manera te has convertido en dolor.
Incesante.
Desesperante.
A veces te lloro sonriendo. Riéndome de mí misma, como si fuésemos dos, y una apunta a la otra con el filo del juicio.
Y a veces, incluso,
pienso que no te sufro más y te he olvidado,
así, decía Nicanor,
como todas las cosas de la vida.
Eso hasta ayer, cuando vi el mar
y volvieron a caer lágrimas.

Perdóname si sentí que aquello era el infinito.
Pues ese fue el último paso del dolor:
y curiosamente,
el primero.

sábado, 8 de enero de 2011

¿Bohr o Einstein?




Una vez, alguien a quien etiqueto hoy como ex; me dijo que si me había encontrado a mí y no a otra persona, era por algo. Una frase bastante cliché que se repite como Tommy Rey en el año nuevo, y que habita en las bocas de los amantes poco originales.
Pues bien, qué dulce suena eso en los oídos de una mujer encantada y extaciada en hormonas; aunque en realidad en aquella ocasión no compartía su visión en lo absoluto, y por cortés y enamoradiza, no quise arruinar el momento.
Para mí, existen dos tipos de personas. Una es la que cree que Dios juega a los dados, y la otra, evidentemente, es la que no. La persona que por primera vez articuló esta frase fue A. Einstein mientras debatía con quien comparto una visión de mundo, Niels Bohr, durante una conferencia en Bruselas. Allí vemos a los dos tipos de personas; uno que cree en un Arquitecto del Universo, y el otro que piensa al mundo desde la probabilidad azarosa de las circunstancias. Básicamente es la teoría de relatividad de Einstein, que supone un Universo determinado y con leyes objetivas que lo ordenan; en contra de la mecánica cuántica que explica los fenómenos a menor escala, y que considera al Universo desde las posibilidades e intedeterminación del conocimiento, pues la mera observación del fenómeno lo modifica.
Einstein se mandó otra frasecilla de oro al decir que existían estos tipos de personas que creían que todo era un milagro, y las otras que pensaban que nada era un milagro. Evidentemente, para cualquiera pareciera ser más lindo ser la primera; pues la segunda rechina los oídos como el pensamiento de alguien bastante pesimista que no ve en las cosas del Universo, el milagro de las causas y las consecuencias. Pues, siendo yo del segundo tipo de personas; les puedo decir que creer que nada es milagro, no es creer lo opuesto: que las cosas no son extraordinariamente bellas; sino que es pensar que detrás de ellas no hay ninguna fuerza sobrenatural que las guíe. Las personas así, valoran las cosas por la naturalidad material que poseen, sin pensar que detrás de ellas exista esa potencia que Aristóteles insistía convincente en su libro Metafísica.
Niels Bohr, Heisenberg, Wittgenstein, etc; no son personas pesimistas. Yo no me considero una persona pesimista al pensar que el ser humano nace sin más razon alguna que morir. Esperen, sí, suena algo triste al lado de quién me dice que nació con un motivo especial por cumplir, que a lo largo de su vida debe descubrir. Y todo esto es cuestión de palabras; porque yo cambiaría el "descubrir", por el "construir".
Ya sabemos que el ser humano está dotado de sentido, porque posee lenguaje signifiticativo. Pero el significado no está en las cosas, sino que, según mi visión, el ser humano dota las cosas de sentido, y no al revés.
Y pues, creyendo yo en las posibilidades, siempre he mantenido la posición de indeterminación de la existencia de Dios. Como no sé si existe y todo funciona sin él, y no tengo como comprobarlo, pero me parece bastante improbable ( así como que no caigan las cosas por la Ley de Gravedad), también existe esa ínfima posibilidad de que sí exista, y dejémoslo para quedarme tranquila, en una posibilidad un poco más alta que el cero.
Pues en ese caso, de completa y milagrosa improbalidad, sólo en ese increíble caso, sí, creo que Dios juega a los daditos, y por lo mismo que versa el refrán, los tira con pésima puntería de tanto amor, y tan malos resultados.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Fugitivos.


Son las 1 de la tarde, estás junto a mí.
Un niño asustado me mira desde tus ojos.
¿Quién es? ¿A qué le teme?

Me dices hola, pero no te creo.
Te digo hola, y no me crees.
Se mueven bocas balbuceando nada;
cada uno habla consigo mismo.

Te digo qué hora es; no quiero saberlo.
Me dices la 1:05; no quieres responderme.
Tus ojos huyen despavoridos de los míos,
y sin moverte estás viajando.
Comienza el acertijo de siempre.

Son las 1 de la tarde, estás junto a mí.
Un niño asustado me mira desde tus ojos.
¿Quién soy ahora? ¿A qué le temo?
Te digo chao, pero no me crees.
Me dices adiós, y no te creo.
Mis pies se arrastran solitarios, dibujando muros,
los tuyos se van con los míos.

Escapamos, los dos,
¡correríamos si no fuésemos cobardes!
huyendo del dolor,
evitando vivir;
fugitivos del sufrimiento.

Son las 1 de la tarde. No estoy junto a ti.
Una niña asustada te mira desde mis ojos.
Nos decimos allí,
el más sincero adiós.