
Lo que me enamora de las letras, es que no perecen. Y esa trascendencia, que sólo se presenta en el éter, en el universo y en la moralidad del ser humano, se esmera en conquistarme todos los días. Si de algo vamos a hablar, es de lo inefable, aquellas vicisitudes en las que el fonema ha quedado corto. Empaquetar aquello en letras, me ambiciona al punto de extender la naturaleza de las mismas palabras...
sábado, 23 de octubre de 2010
Mann

miércoles, 13 de octubre de 2010
No soy yo.
Me es urgente saber qué es lo que esperas.
Pero no es ahora cuando quiero saberlo,
Es cuando miras a lo lejos,
Y tus ojos vuelan en el vacío.
Es como si nada llegase a ti,
La vida pasa por el lado, caminando,
Y tú la ignoras,
Quizás porqué, yo no entiendo,
No entiendo de los que esperan.
Yo lo sé,
Porque eres de esos que nada hace,
Todo lo espera,
Suponiendo que la vida, vive,
y trae algo para ti.
Siempre, en cada instante,
Cuando un cigarro se amolda en tu boca,
Cuando la guitarra se acomoda en tus manos,
Piensas,
¡No! No es eso:
Deseas…
Deseas cambio,
¿Qué más podría ser sino eso?
Y entre tanta ventolera y lamento
La autora no prevé
Que el problema no es que añores,
Ni que la vida pase al lado
Y tu la ignores.
El problema es que la vida
A veces soy yo,
y no trae cambio para ti.
El problema no es que esperes,
Sino que sé que eso
Que se guarda entre miradas y bocas,
No
Soy
Yo.
sábado, 9 de octubre de 2010
Pobre, pobre Iglesia
Hace poco más de un mes, el viejo Hawking planteó al mundo la certeza de que Dios no fue necesario para crear el Universo ( tranquila Iglesia, Hawking no dijo que no existe, sino que no hizo el Universo). Y bueno, hay que darle mérito a la Iglesia Católica, pues es probablemente una de las instituciones que sabe de resiliencia. Sabe de superar obstáculos, de reinventar lo que inventaron (por supuesto), y también de olvidar aquello que daña a su memoria colectiva. La Iglesia tuvo que superar el hecho de que ya no era verdad que procedíamos de una mujer ansiosa por la manzana sino que en realidad del mono; tuvo que superar que en realidad la Tierra rodaba alrededor de una estrella, y que en el Universo somos una pizca minúscula en el infinito. Tuvo que reinventar la Biblia desde lo literal a lo metafórico, tuvo que olvidar el latín, tuvo que esconder el sudario de los científicos que lo desestimaban, y comenzar a explicar qué cresta hizo Dios, si ahora sabemos que la vida puede crearse sola ( autopoiesis de Maturana), que el universo pudo hacerse solito ( Teoría del Big Bang), y que las especies provienen unas de otras, y no de un dedo divino que las nombró y les dio vida.
No es de dudar que nuestras virtudes y vicios provienen de una herencia cultural y no de Dios; la moral es construida por los humanos y tiene como límites los límites del lenguaje. Esto quiere decir que la moral no la inventó Dios, ni tampoco el universo, ni tampoco las especies, ni tampoco a mí (porque, ya sabemos que fui creada luego de una noche de sexo). Tampoco dirige lo que hago, pues ya sabemos que podemos dirigir nuestros actos, y a lo que le llamamos destino es la suma de todos los actos de la naturaleza, más los nuestros (siendo los hechos externos aquellos de los que no tenemos control).
Por lo tanto, con todo el conocimiento que tenemos de ciencia, psicología, historia, etc, etc… ya no vale preguntarnos si Dios existe, sino que: ¿Qué hizo? Si todo pudo haberse creado solo.
Pues bien, la pregunta retórica es otra. La pregunta es: ¿Qué hicimos? Inventamos a un Dios y ahora lo cambiamos de acuerdo a nuestra conveniencia. Aún así, y después de darnos cuenta, de que no sabemos si existe o no (pues asumámoslo, jamás lo sabremos), la pregunta es si queremos seguir creyendo en un Dios medio pajero. Y sí, alguna gente sigue en esta dinámica, pues se siente protegida por lo que nos decía Freud, una sensación psicológica de un padre enaltecido, una naturaleza bondadosa que guía nuestra cabeza, que nos protege de los vacíos, y nos auxilia en la necesidad. ¿Podríamos decir que todo religioso es en sí un niño ante la incertidumbre, gritando por su padre? Freud nos dice que sí.
Por eso que es muy difícil convencer a un religioso de no serlo, porque aunque existan pruebas de la absurda existencia de un Dios, este seguirá creyendo por su necesidad de creer.
Eso sí, si es que llegan los extraterrestres, habría que preguntarles a los curitas si es que ellos van al cielo también. Apostaría dos lucas a que después de eso, mi abuelita seguiría creyendo. Por eso y por muchas cosas más, la Iglesia se merece una reverencia, pues celebran a los mineros por su fuerza, ¡Y la Iglesia ha salido de tantas! Veremos como sigue esta historia, llena de mentiras e inventos, que más que divina y sagrada, me suena a pura carne humana.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Hacen bien en creer que van a morir.
Me resulta díficil comentar el video de Lacan, ya que quisiera que estas palabras fuesen mejor que el silencio; mejores que el hecho de dejarlos a la deriva con sus palabras.
Pero la escritura reduce todo: todo lo selecciona y omite. ¿Podrá ser esta selección el origen del inconsciente? Me refiero a que, las palabras pueden expresar tantos significados pero ¡ aún no pueden explicar las millones de sensaciones que experimentamos a diario!El lenguaje nos limita, nos enjaula en otra realidad que deja atrás a mucho que estuvo presente pero que finalmente no se hizo palabra. ¿Cuánto de lo que experimentamos no alcanza a convertirse en palabras, no alcanza a convertirse en imágenes, en recuerdos conscientes? ¿Cuánta realidad se nos queda afuera, zigzagueando? ¿Es acaso el inconsciente todo aquello que nuestra mente balbucea?
No obstante, las palabras de Lacan nos concientizan de algo: ¡ No sabemos si moriremos! ¡No lo sabemos, ni lo sabremos! Sólo podemos creer en ello. Y lo hacemos. Inconscientemente lo hacemos, sino , ¿ qué sentido tendría esta vida? ¿Qué sentido tendría vivir la eternidad en contraste con 70 años de vida terrenal? Todos, religiosos y no religiosos, creemos que moriremos. Sino no cuidaríamos de nuestras vidas...
De alguna forma sabemos que después de todo, es lo único que tenemos.
martes, 21 de septiembre de 2010
Muchos somos

DE tantos hombres que soy, que somos, Cuando todo está preparado Otras veces me duermo en medio Cuando arde una casa estimada Cómo puedo rehabilitarme? Pero cuando pido al intrépido Mientras escribo estoy ausente A veces quisiera... no leer poesía. Así como quienes buscan en ella reírse, quizás encontrar el amor, o llenarse de belleza, para mí la poesía es una advertencia. De alguna manera ella me recuerda que después de todo, no soy feliz. |
domingo, 12 de septiembre de 2010
El árbol
Espero que no adivines de mí. Que no te enteres que uso con frecuencia este lenguaje escurridizo: " ¿qué hora es? ¿un poco de bebida?" para decir que me gustas. Todo es porque, a fin de cuentas, " que hora es" algún día será simplemente eso: una pregunta vacía, con ansias de saberse. Para eso falta algo de tiempo, pero créeme, espero con ansias que suceda, como ha sucedido tantas veces.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Kikiribu
Dentro del cúmulo de antivalores humanos ( deslealtad, egoísmo, agregue aquí a su gusto); no hay ninguno que me hinche más las bolas ( que aprovecho de aclarar, no tengo), que la hipocresía. Dicho en otras palabras, es fingir que se tienen pensamientos, valores y sentimientos, que se están lejos de poseer. Son de esos que van gritando a los cuatrovientos que son virginales, buenos y honestos, y que para aumentarle el caldo a la olla, critican y juzgan a los demás. Sería yo una hipócrita, si critico a los hipócritas y lo soy al mismo tiempo; y sí, a veces lo he sido, pero inmediatamente lo corrijo. Inmediatamente me flagelo psicológicamente y me auto-penitencio. Me parece horrible. Más horrible que muchos antivalores y no sé por qué.
En psicología, el comportamiento hipócrita se relaciona con el error fundamental de atribución: los individuos tienden a explicar sus accionares por sus circunstancias, pero atribuyen las acciones de otros a la personalidad de los demás. Ya desde chica me apestaba ver a mi papá fumar y que reprochara la conducta al mismo tiempo, o ver a mis compañeras cacareando el discurso virginal, y a la vez me enteraba de que tenían relaciones sexuales con uno y que otro pelagato. Y la verdad es que no me importaba el hecho malo en sí, me molestaba el discurso, esa verborrea apestosa y rídicula que encubre una pobreza interior. Freud lo consideraba como un mecanismo de autodefensa; un recurso psicológico que nos juega la mente. De hecho, hay tipos que escriben papers defendiéndola, arguyendo que es buena para la sociedad, pues protege de los fanatismos.
Anyway, a mí me importa un reverendo orto lo que digan esos papers. Lo cierto es que conozco a unas cuantas personas hipócritas, y el mismo hecho de no encararlas me transforma a mí en una vil hipócrita más. Quisiera que leyeran esto y se viesen aludidas(os), pero , ¿ cómo hacer ver a alguien que se autoengaña? Díficil. Por lo demás, consciente estoy que esta entrada es un arma de doble filo, e inconscientemente la uso para atacar y atacar-me.
De hecho, a tal punto me enerva la hipocresía, que cuando pequeña me encantaba Kikiribu: un pollo muy estúpido que lucha por ser humano, y usa disfraces muy evidentes para engañar a los demás. Se viste de David Hasselholf, o con una ordinaria bata de laboratorio, etc. Hay otro personaje que se da cuenta de ello, y lo denuncia: ¡ Es un pollo! ¡Es un pollo!” pero nadie parece inflar una sola palabra de lo que dice. Todo el mundo lo adoraba y lo encontraba excéntrico, hasta que al final se le cae el disfraz y todos se dan cuenta de que es un pollo. En la literatura está Tartufo, de Moliére, que de por sí, es la obra de la hipocresía ( un datillo para leer). Y, por ello me encanta también George Carlin, un comediante inglés que se encarga de desenmascarar la hipocresía de la mayoría de las personas. En fin, quien se vive fijando en los engaños de los demás, termina amargándose, pues no hay fin de ello. Al menos me queda resignarme con evitar a los tartufos y flagelarme después de cada hipocresía que sale de mi boca. Mal que mal, y si lo piensan bien, la hipocresía es una especie de rito: una alabanza que le hacen los vicios, a la virtud. Y los hipócritas son, al fin y al cabo, las personas más tristes que existen. No soportándose a ellos mismos, no les queda otra que doblegarse. Y pucha que cuesta ser uno mismo: imagínense mantener a dos personas viviendo en el mismo tormento.