Ayer llegué desde la U y vi a mi papá enchufado en la tele. Estaban pasando un programa de chiquillos guapos y ágiles: Calle 7. Todos y cada uno de ellos debe modelar su cuerpo para hacer una perfecta armonía entre la simpatía y la entereza. Abdominales y simétricos rostros nos sonreían mientras tragaba la mitad de una marraqueta.
De pronto, uno de ellos llamó mi atención. Se llama Pancho Barrena- no espero que lo conozcan ni que se desgasten la vida haciéndolo- pero resultó que después de perder una competencia, comenzó a llorar desconsoladamente. Al principio sonreí, de tonta que soy a veces. Luego me extrañó que su aflicción durara media hora. Finalmente caí en una total incredulidad al ver que su llanto era real: sus ojos rojos y su nariz mocosa delataban una completa frustración.
Entonces reflexioné profundamente. Panchito es un claro ejemplo de mucha de la gente con la cual convivo cada día. Aquella que, producto de las comodidades, no sabe lo que es sufrir. No sabe lo que es perder todos los días. No sabe lo que es no encontrar un sentido de existencia; luego de haber perdido casas, familias, respuestas, dirección y fines. Aquella que reiría si cae de un juego en un programa de televisión.
No obstante Panchito, a sus ventisiempre años, seguía lagrimeando en la pantalla. Lanzó su polera al juez; golpeó algunas sillas, volvió al estudio y luego se fue. Como cuando teníamos siete años y nos quitaban los juguetes. O cuando nos fuimos de un colegio cuando pequeños, y luego de desangrarnos de llanto nos despedíamos de nuestros compañeros, y comentábamos el día por teléfono.
¿Sabrá Panchito del real llanto? ¿Lo sabré yo? ¿Cuándo es que se llora de verdad, se abren los ojos? ¿Cuánto de sufrir es bueno para caer en la cuenta de la vida, esa de carne y hueso?
En la PUC hay muchos Panchitos. Y no es que me excluya del grupo, mal que mal tengo dieciocho. En la PUC hay muchos Panchitos, y también hay de esos peores: los que desean seguirlo siendo. Allí me excluyo yo, sin pretensiones masoquistas.

